Un compañero excelente para este verano de viajes por España es el libro “Los 101 pueblos más bonitos de España en 30 etapas”, escrito por Clemente Corona y editado por AlhenaMedia. Una de las muchas rutas que nos propone es la que, desde Sevilla, nos lleva a descubrir la provincia de Cádiz y que os invitamos a descubrir en dos capítulos.

 

 

Cuesta, incluso duele, dejar Sevilla; pero la promesa que nos espera en esta ruta -pueblos blancos, escenarios históricos, monumentos naturales- hacen que la pena sea más llevadera. Así que nos echamos a la carretera evitando la autovía y buscando el sur del sur por la carretera autonómica A-480, la vieja carretera de Andalucía, que hasta bien pasado el área de influencia de Sevilla -que se puede decir que llega hasta Los Palacios y Villafranca– es un fluir constante de tráfico. Pero, casi de repente, el ladrillo y los vehículos dejan paso a la naturaleza, y entonces los campos de cultivo son más extensos, los pueblos están más separados entre sí, aparecen ya los cultivos de las marismas del Guadalquivir. 

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En ruta hacia los pueblos blancos de Cádiz

En Las Cabezas de San Juan cambiamos de carretera, y tomamos la local CA-5010 hacia Arcos de la Frontera, donde hacemos nuestra primera parada. El pueblo, encaramado en una hoz que corta al río Guadalete, es el primero de la ruta de los pueblos blancos de Cádiz, y uno de los más rotundos en su estampa. Sus calles estrechas y empinadas se cierran entre en un casco histórico -que protegía una muralla de la que hoy se conservan algunos lienzos aquí y allí- que recuerda la geografía urbana de los pueblos del norte de África, que están casi a tiro de piedra, y en las que cada año transcurren los desfiles de una Semana Santa de gran fama.

 

Ruta por los pueblos más bonitos de Cádiz (I): de Arcos de la Frontera a Caños de Meca | Tu Gran Viaje

 

La visita de Arcos de la Frontera está repleta de sorpresas, y lo realizamos bajo arcos que conectan las construcciones, muchas de ellas renacentistas y barrocas, que se suman por decenas: viviendas populares y palacetes, casonas señoriales y conventos, capillas e iglesias… El blanco refulge en las calles, y junto al azul intenso del cielo -que lo adorna gran parte del año- y los colores vivos de las macetas que adornan las ventanas y balcones enrejados, dan forma a una estampa cromática tan bella e intensa que no se irá jamás de la memoria y que es una de las señas de identidad -la más rotunda, quizá- de los pueblos blancos de Cádiz.

 

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En nuestro caminar veremos, además, monumentos importantes. El Castillo de los Duques, en la parte más alta del pueblo, es una rotunda fortaleza construida por los árabes, y comparte con la Basílica de Santa María, una maravilla barroca con una fachada plateresca, el ser el icono del Arcos de la Frontera. En la iglesia de San Pedro, hay varios cuadros que se atribuyen a Zurbarán. En la cuesta de Belén, una de las calles más bellas del pueblo, está el palacio de Mayorazgo, cuyos patios podemos visitar. Y desde el mirador del Balcón de la Peña Nueva se tienen unas vistas espectaculares del pueblo, de su parte moderna -que se extiende a los pies del tajo- y de la comarca.




 

Legado árabe en Medina-Sidonia

Desde Arcos de la Frontera, solo cuarenta kilómetros por la A-389 nos separan de Medina-Sidonia, colgada en el cerro del Castillo, la mayor elevación de esta zona de la provincia, lo que, si el día está claro, nos regalará la visión de las aguas de la bahía de Cádiz marcando el horizonte. Subimos al casco histórico de la ciudad por la Cuesta del Carbón, una de las tres que ascienden a la ciudad (las otras dos son la Cuesta de la Viudad y la Cuesta del Tío Papa), maravillándonos de la muralla árabe que lo protege.

 

Ruta por los pueblos más bonitos de Cádiz (I): de Arcos de la Frontera a Caños de Meca | Tu Gran Viaje

 

Cruzamos la puerta de la Pastora, uno de los arcos que se conservan de la muralla, que es la imagen más conocida de la ciudad, y para callejear sin prisa, cuesta arriba, contemplando su imponente patrimonio: las ruinas del alcázar musulmán; el castillo de Torrestrella, la ermita visigoda de los Santos Mártires -la más antigua de Andalucía- o la iglesia de Santa María la Mayor Coronada, un magnífico ejemplo de los estilos gótico y plateresco. Las pendientes cansan; y para recuperar fuerzas, ¿qué mejor que la especialidad del pueblo, los famosos alfajores de Medina? El dulce, de origen árabe, se elabora artesanalmente, y es un auténtico festival de sabores -miel, avellana, especias, almendras…- que nos cargará las pilas para continuar con nuestra ruta.

 

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Vejer de la Frontera, mar y tierra

Solo 32 kilómetros por la A-396 separan Medina-Sidonia de Vejer de la Frontera, nuestra siguiente etapa. Siempre es un momento mágico al volante el descubrir en lontananza el mar, pero hacerlo rumbo a la costa de Cádiz, uno de los litorales más mágicos del mundo, lo es aún más. Y es que Vejer de la Frontera tiene el Atlántico a solo ocho kilómetros, y en sus playas será donde terminemos esta etapa. Pero antes, toca aparcar nuestro vehículo al pie del pueblo, que serpentea por un cerro, y comprobar por nosotros mismos porqué Vejer de la Frontera es considerado por muchos el más bonito de los pueblos blancos de Cádiz.

 

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El pueblo es de herencia árabe, como vemos a cada paso: el blanco omnipresente de la cal sobre las fachadas, las callejuelas angostas, el callejero laberíntico, las construcciones de estilo mudéjar en cada rincón, las casas que apenas muestran nada al exterior pero que, en tras sus muros, esconden patios y galerías repletos de flores, la muralla árabe que asoma aquí y allí…




En la parte baja del pueblo está la iglesia del Divino Salvador, que se construyó sobre una antigua mezquita, blanca y gótico-mudéjar, y la guardiana de la puerta de la Segur, una de las cuatro que abren la muralla árabe del pueblo. La muralla, con sus demás puertas -el arco de Sancho IV, el arco de la Villa y la Puerta Cerrada-, y dos torres, la del Mayorazgo y la de la Corredera, es una de las murallas árabes más imponentes de Andalucía, y su trazado irregular se ajusta como un guante a la escarpada orografía de Vejer. Pocos metros más adelante saldrá a nuestro paso la Casa del Marqués de Tamarón, un palacete del siglo XVIII que alberga la casa de la cultura, por lo que podremos entrar a visitarla.

 

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A Vejer de la Frontera hay que dedicarle tiempo, sin mesura y sin prisa. Las calles, estrechísimas, se retuercen entre sí y se encaraman cerro arriba buscando la protección del castillo, construido por los árabes entre los siglos IX y X, reformado en el XIX, y que domina la estampa del pueblo junto. En nuestro pasear encontraremos la iglesia de la Concepción, del siglo XVI, con un precioso altar de madera de cedro y borne que merece nuestra atención, y podemos visitar la Torre del Mayorazgo, a donde podemos ascender para tener unas excelentes vistas panorámicas. No es el único lugar de Vejer para ello: entre los varios miradores que encontraremos aquí y allí, el del Paseo de las Cobijadas, probablemente nos brinde las mejores de todas.

 

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Los tópicos, cuando son tan sabrosos como este, siempre son bienvenidos. Y es que se puede decir que Cádiz sabe rico como nunca en la plaza de los Pescaítos, que es el nombre popular con que locales y visitantes -todos enamorados del lugar- se refieren a la plaza de España, en cuyos soportales no nos van a faltar exquisitas frituras de los bares y tabernas.




Y, con el pueblo ya paseado y degustado, vamos a aprovechar que a tiro de piedra están algunas de las mejores playas del litoral andaluz. La playa del Palmar se extiende por casi ocho kilómetros, y la playa de Caños de Meca, a solo quince kilómetros del pueblo, sigue siendo la meca hippie que le ha dado fama mundial. Y disfrutar de cualquiera de ellas, sea el momento del año que sea, es un básico que no puede faltar en nuestra ruta por los pueblos blancos de Cádiz.

 

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