Fuerteventura, el lujo de no tener prisa


Playas que parecen no terminar, dunas, viento, olas para surfear y la cultura majorera que impregna cada rincón. Fuerteventura es un lugar sorprendente por su energía y, al mismo tiempo, por esa calma que invita a disfrutarla sin prisas.

Hay una razón por la que Maxorata, el nombre aborigen con el que históricamente se conocía la isla de Fuerteventura, se contempla mejor cuando se baja el ritmo. Su historia se remonta millones de años atrás, cuando fue la primera isla de Canarias en comenzar a emerger de las profundidades del Atlántico. Desde entonces, el tiempo, el viento y la erosión han ido modelando un paisaje singular, de volcanes, malpaíses y llanuras que todavía guardan las huellas de aquel origen.

Quizá sea ese origen, lento y paciente, el que explica que Fuerteventura invite a recorrerla sin prisas, dejando tiempo para descubrirla. Te ayudamos a hacerlo con las ofertas de viaje de Logitravel y a disfrutar de Tu Gran Viaje a Fuerteventura.

El lujo de una playa sin final

“La playa de Canarias” es el sobrenombre que más justicia hace a Fuerteventura. Sus más de 150 kilómetros de playas reúnen largos arenales dorados, pequeñas calas, rincones salvajes y algunos de los mejores lugares de Canarias para disfrutar del viento y los deportes náuticos. Y con una temperatura media de 23 grados, cualquier momento parece bueno para darse un baño y disfrutar del Atlántico.

En el noroeste de la isla, se encuentra El Cotillo, un encantador pueblo de pescadores famoso por combinar tranquilas piscinas naturales de agua turquesa con playas salvajes ideales para el surf. Su esencia marinera se respira tanto en sus atardeceres y en las terrazas del puerto viejo como en su legado histórico, custodiado por la Torre del Tostón y su emblemático faro.

Más al este, las Playas de Corralejo se extienden a lo largo de ocho kilómetros de dunas y arena dorada. Muy cerca, Popcorn Beach sorprende con sus característicos rodolitos blancos, similares a las palomitas de maíz; unas estructuras esenciales para el ecosistema marino que es fundamental admirar sin llevárselas a casa. Frente a esta costa emerge el Islote de Lobos, un salvaje e insólito Parque Natural protegido de 6 km2 con un sendero circular que se puede recorrer a pie y conduce al volcán de La Caldera y al Faro de Punta Martiño. Este enclave destaca tanto por la emblemática Playa de La Concha como por las aguas turquesas de El Puertito, perfectas para hacer snorkel. El acceso requiere un permiso previo y la visita está limitada a cuatro horas.

En el centro de Fuerteventura, Caleta de Fuste ofrece una costa más protegida, con playas como El Castillo, de aguas poco profundas. En Puerto del Rosario, la Playa de los Pozos, conocida popularmente como Playa Chica, es la playa urbana más popular de la capital y ofrece aguas especialmente tranquilas gracias a su ubicación resguardada.

Pero es al llegar al sur cuando el paisaje de Fuerteventura alcanza otra dimensión. La playa de Sotavento reúne cinco arenales de arena blanca y aguas cristalinas: La Barca, Risco del Paso, Mirador, Los Canarios y Mal Nombre que cambian con las mareas hasta formar una extensa laguna, un escenario especialmente ligado al kitesurf y al windsurf.  

Más allá, Morro Jable combina grandes arenales de arena dorada y aguas turquesas con el ambiente de su antiguo puerto pesquero y un animado paseo marítimo. En la península de Jandía, Cofete despliega 14 kilómetros de playa salvaje al pie de las montañas, con Villa Winter, una aislada edificación rodeada de misterio sobre la presencia alemana en Fuerteventura durante la Segunda Guerra Mundial. Desde allí, las playas de Barlovento forman uno de los tramos más salvajes de Fuerteventura, con kilómetros de costa abierta al Atlántico y apenas huellas de la presencia humana se extienden por un paisaje vírgen y solitario.

  

El lujo de mirar un paisaje que tiene millones de años

Fuerteventura es Reserva de la Biosfera desde 2009, pero para entender por qué hay que retroceder mucho más. Hasta hace unos 22 millones de años, la isla no existía, comenzó entonces a emerger del Atlántico, levantada por la actividad volcánica. Desde aquel momento, el viento y el agua han ido esculpiendo una tierra de formas austeras, colores cambiantes y horizontes abiertos.

En algunos lugares, ese pasado volcánico sigue a la vista. En La Oliva, en el norte, el Monumento Natural del Malpaís de La Arena conserva las huellas de una de las últimas erupciones de Fuerteventura, hace unos 10.000 años. Sus coladas de lava, prácticamente intactas, han dado forma a un territorio árido donde también crece una valiosa vegetación autóctona, dominado por el Volcán de La Arena, que alcanza los 420 metros de altura.

Unos kilómetros más allá, el Calderón Hondo ofrece una de las mejores perspectivas sobre este territorio volcánico. El sendero asciende hasta el borde de su cráter, de 70 metros de profundidad, y desde arriba la mirada alcanza los campos de lava, Isla de Lobos y, al otro lado del mar, Lanzarote. Las tonalidades rojizas y amarillas de la caldera ponen color a un paisaje que el tiempo ha ido despojando de todo lo superfluo.

En el centro de Fuerteventura, la Caldera de Gairía añade otro capítulo a esta historia. Su cono volcánico, de 461 metros, se levanta junto a la localidad de Tiscamanita y ofrece desde lo alto una panorámica de un territorio salpicado de otras calderas, conos, lavas y malpaíses. Junto al Malpaís Grande, forma uno de los espacios volcánicos mejor conservados de la isla, donde el paisaje permite imaginar la intensa actividad que dio forma a Fuerteventura.

Y hay un último giro. En el extremo noreste de la isla, el Parque Natural de las Dunas de Corralejo reúne más de 2.500 hectáreas de dunas blancas junto a un Atlántico de aguas cristalinas. Uno de los paisajes más extraordinarios de Canarias, donde la arena y el mar cambian constantemente el escenario.

El lujo de caminar sin prisa

Hay una Fuerteventura que aparece cuando se deja atrás la costa y se entra en el interior. La segunda isla más grande del archipiélago, con más de 1.660 km² de superficie, despliega un paisaje de barrancos, montañas, llanuras y espacios naturales que se disfrutan especialmente cuando se recorre sin prisa, a pie o en bicicleta.

Paraíso para la práctica del senderismo y el cicloturismo, la Red Insular de Senderos suma 255 kilómetros de caminos preparados y protegidos, entre ellos la Gran Ruta GR-131, que atraviesa Fuerteventura de norte a sur, desde Corralejo hasta Punta de Jandía, pasando por el Islote de Lobos y dividida en varias etapas.

Uno de los lugares donde mejor se entiende esta otra cara de la isla es Betancuria. Fundada a comienzos del siglo XV, fue la primera capital de Fuerteventura y conserva el encanto de un pequeño pueblo de casas blancas, calles tranquilas y arquitectura tradicional. Su entorno forma parte del Parque Rural de Betancuria, donde el paisaje conserva también las huellas de la vida tradicional majorera: gavias, norias, hornos de cal y otras construcciones que hablan de cómo sus habitantes aprendieron a aprovechar los recursos de una tierra especialmente árida.

Desde Betancuria, el camino hacia la localidad de Pájara ofrece otro de esos recorridos que merece la pena hacer sin mirar el reloj. A pie, en bicicleta o simplemente al volante, la carretera serpentea entre montañas y barrancos mientras el paisaje va cambiando a cada curva. Los miradores son una buena excusa para detenerse, como el Mirador de Las Peñitas o el Mirador del Risco, sentarse unos minutos y contemplar la amplitud del territorio.

 

 

Caminar sin prisa también permite descubrir la historia y la cultura que aparecen en el camino. En Puerto del Rosario, dos paradas ayudan a acercarse a esa otra cara de Fuerteventura: la Casa-Museo Unamuno, que recuerda los meses que el escritor pasó en la isla durante su destierro, y el Centro de Arte Juan Ismael, dedicado a la creación artística canaria contemporánea.

El lujo de sentarse a la mesa

En Fuerteventura, la gastronomía cuenta mucho de la historia de la isla. De un territorio seco, ventoso y con una agricultura condicionada por la escasez de agua nació una cocina basada en aquello que podía ofrecer la tierra y el mar: cabras, cereales, pescado, papas, sal, aceite de oliva y productos de temporada.

 

El queso majorero, elaborado con leche de cabra de raza autóctona y amparado por Denominación de Origen Protegida, es uno de sus grandes símbolos. Para entender hasta qué punto forma parte de la identidad majorera, basta con visitar el Museo del Queso Majorero, en Antigua. Instalado en una antigua casa tradicional, el museo recorre la historia de la ganadería caprina, explica la elaboración del queso y permite conocer mejor el paisaje, el clima y las tradiciones que han dado forma a este producto.

 

La cabra está también detrás de algunos de los platos más arraigados de la cocina majorera: carne de cabra y cabrito, pucheros, carne compuesta y potajes. Junto a ellos aparecen el gofio, herencia de la cultura aborigen y elaborado a partir de cereales tostados; las papas arrugadas con mojo y el sancocho, un tradicional plato especialmente ligado a la Semana Santa.

En la costa, la despensa cambia. El pescado fresco llega a las mesas de los pueblos marineros, preparados de manera sencilla para dejar que el producto sea el protagonista y acompañados habitualmente de papas y mojo. Comer junto al mar, sin prisas y con el paisaje delante, es también una manera de entender Fuerteventura.

La sal forma parte de esta historia. En las Salinas del Carmen, en Antigua, todavía se puede conocer el proceso tradicional de obtención de sal marina, mientras que los antiguos molinos recuerdan la importancia que tuvo el viento para transformar los cereales en gofio. Y junto al cereal, otro producto ha ido ganando protagonismo: el aceite de oliva majorero. La tradición olivarera de la isla se remonta siglos atrás y todavía pueden encontrarse antiguos molinos y explotaciones donde conocer el cultivo, la recolección de la aceituna y la elaboración y degustación de sus aceites.

Incluso el paisaje agrícola cuenta parte de esta gastronomía. Las gavias, ingeniosos sistemas tradicionales para aprovechar el agua de lluvia, hicieron posible cultivar en una tierra difícil. Junto a ellas, las casas majoreras, los molinos, los hornos y las antiguas explotaciones ganaderas recuerdan una forma de vida en la que aprovechar cada recurso era una necesidad.

El lujo de descubrir lo que no se ve a primera vista

Hay una Fuerteventura que también se descubre mirando más allá del paisaje. La montaña de Tindaya, en el noroeste de la isla, es uno de esos lugares donde naturaleza, historia y espiritualidad se encuentran. Los majos, los antiguos pobladores de Fuerteventura antes de la conquista europea en el siglo XV, la consideraban un lugar sagrado y dejaron en sus laderas cientos de grabados podomorfos, representaciones de pies humanos que forman parte de uno de los conjuntos arqueológicos más singulares de la isla. El acceso a la zona protegida y el ascenso a la montaña están prohibidos para garantizar su conservación, pero el entorno permite acercarse a Tindaya, recorrer el pueblo y contemplar su silueta desde los caminos que la rodean.

Hay otra forma de mirar hacia arriba cuando cae la noche. La escasa contaminación lumínica y las condiciones naturales de la isla han hecho de Fuerteventura un destino reconocido como Reserva Starlight. El observatorio de Tefía, el mirador astronómico de Sicasumbre o el mirador de Morro Velosa son algunos de los lugares desde los que observar un cielo especialmente limpio, donde las estrellas, los planetas y la Vía Láctea adquieren todo el protagonismo.  

El lujo de vivir Tu Gran Viaje

Quizá el mejor recuerdo de Fuerteventura no sea una lugar concreto, sino todo lo que ocurre alrededor: el viento que mueve las dunas de Corralejo, las cometas de kitesurf sobre las aguas de Sotavento, una carretera que se pierde entre los paisajes del interior, un queso majorero en una mesa de pueblo o el cielo lleno de estrellas al caer la noche.

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